
Feliz día de Andalucía, hermanos.
Por aquello del apellido...



Tiene casi cuarenta
y aún cree en los unicornios.
Y en su ojos, color miel,
se van derritiendo
las horas y los días.
En el mercado imaginario
de su alcoba,
mil arqueros rojos
le disparan,
la hieren
y rompen el himen transparente
de sus sueños.
Los psicólogos y otros tratantes del alma, en ciertas ocasiones, reducen nuestros dolores y sentires a meras etiquetas (tiene usted un síndrome tal, otro cual…) en una práctica que en muchos casos no está exenta de cierto grado de vampirismo espiritual.
Y en esto, yo me pregunto, ¿es posible encerrar la complejidad del ser humano en un simple nombre? ¿nos estaremos volviendo jíbaros?

Ya lo sabía,
sabía que no era verdad
la mentira de sus ojos
y que su sonrisa
limpia,
falsa,
resplandeciente
jamás podría morderla.
Sabía que los años,
afilada espada de ausencias,
los separarían,
como dos mitades gemelas y disformes
de un mismo ser,
irreconciliables,
lejanas
y azules, como dicen los poetas.
Y, a pesar de todo,
en silencio, disimuladamente,
la seguía queriendo.
Escribo estas líneas después de haber terminado de leer el poemario Montañas de mar (Renacimiento, 2009) del joven poeta sevillano Carlos Violadé. Se trata de un pequeño volumen dividido en cuatro secciones de sugerente título (Luz de luz, Montañas de mar, Balances, La llama) y hermosa factura interior.
La poesía de Carlos es desnuda y conceptual, goza de cierto aroma filosófico y respira un minimalismo probablemente heredado de la formación del autor como arquitecto (muy bueno, por cierto). Su lectura es rápida y agradable, pero exige la vuelta atrás en varias ocasiones para reflexionar sobre propuestas que realiza el artista.
El lector intuitivo probablemente considere Montañas de mar como un producto vanguardista; yo, en cambio, creo que es poesía esencial. Recomiendo sinceramente su lectura.
Un aperitivo:
ETERNIDAD
Toda agua
ha sido
mar.
Buscas a tientas
el futuro
de un pasado que no existe
y nada es…
Y la nada,
aun siendo,
no aparece
por ningún sitio
(ni siquiera por debajo del colchón
que con tanto esfuerzo compraste
en un centro comercial).
Buscas a tientas
el pasado
de un futuro que ya ha sido.
Y lloras
enjugando con tu llanto
los signos de la perdición.